El texto hebreo de las Santas Escrituras

Cómo se copiaron, conservaron en cuanto a integridad textual y transmitieron como parte de la Palabra inspirada de Dios hasta nuestros días las Escrituras Hebreas.

LAS ‘palabras de Jehová’ puestas por escrito pueden asemejarse a aguas de la verdad juntadas en un notable depósito de documentos inspirados. ¡Cuán agradecidos podemos estar de que durante el tiempo en que se fueron dando estas comunicaciones celestiales Jehová hiciera que estas “aguas” fueran siendo juntadas para que llegaran a ser una fuente inagotable de información que da vida! Otros tesoros del pasado, como coronas reales, herencias y monumentos de hombres, se han deslustrado, corroído o derrumbado con el transcurso del tiempo, pero el tesoro de los dichos de nuestro Dios durará hasta tiempo indefinido. (Isa. 40:8.) Sin embargo, surgen preguntas en cuanto a si se han contaminado o no estas aguas de la verdad después de haber sido puestas en el depósito. ¿Han permanecido puras? ¿Han sido transmitidas fielmente desde los textos en los idiomas originales, de modo que el texto disponible a pueblos de todo idioma en la Tierra hoy sea confiable? Será un estudio emocionante para nosotros examinar la sección de este depósito conocida como el texto hebreo, y notar el cuidado que se ejerció para conservar su exactitud, junto con las maravillosas provisiones que se hicieron para que se transmitiera y fuera hecho disponible a todas las naciones de la humanidad mediante versiones y nuevas traducciones.

 Los documentos originales en los idiomas hebreo y arameo fueron puestos por escrito por los secretarios humanos de Dios, desde Moisés en 1513 a.E.C. hasta poco después de 443 a.E.C. Que se sepa, ninguno de esos escritos originales existe hoy. No obstante, desde el principio se ejerció gran cuidado para conservar los escritos inspirados, y copias autorizadas de ellos. Alrededor de 642 a.E.C., en el tiempo del rey Josías, se halló guardado en la casa de Jehová “el mismísimo libro de la ley” de Moisés, muy probablemente el libro original. Para entonces habría sido conservado fielmente por 871 años. Este hallazgo le pareció tan interesante a Jeremías, uno de los escritores de la Biblia, que hizo un registro escrito de él en 2 Reyes 22:8-10, y alrededor del año 460 a.E.C. Esdras también se refirió al mismo incidente. (2 Cró. 34:14-18.) Esdras estaba interesado en estos datos, pues “era un copista hábil en la ley de Moisés, que Jehová el Dios de Israel había dado”. (Esd. 7:6.) Indudablemente Esdras tuvo acceso a otros rollos de las Escrituras Hebreas preparados antes de sus días, entre ellos, quizás, originales de algunos de los escritos inspirados. Sí, parece que en sus días Esdras fue el custodio de los escritos divinos. (Neh. 8:1, 2.)

ERA DE COPIAR MANUSCRITOS

 Desde el tiempo de Esdras en adelante creció la demanda de copias de las Escrituras Hebreas. No todos los judíos regresaron a Jerusalén y Palestina en la restauración de 537 a.E.C. ni después. Más bien, millares se quedaron en Babilonia, mientras que otros emigraron por razones comerciales y por otras, con el resultado de que había judíos en la mayoría de los grandes centros comerciales del mundo antiguo. Muchos judíos hacían peregrinaciones anuales a Jerusalén para las diversas fiestas del templo, y allí participaban en la adoración que se efectuaba en la lengua hebrea bíblica. En el tiempo de Esdras los judíos de estos muchos países lejanos usaban lugares de reunión locales conocidos como sinagogas, donde se leían y consideraban las Escrituras Hebreas. Porque había muchos lugares de adoración esparcidos por diferentes regiones, los copistas tuvieron que multiplicar el abastecimiento de manuscritos.

 Por lo general estas sinagogas tenían un almacén conocido como la geniza. Al pasar el tiempo los judíos colocaban en la geniza los manuscritos desechados que se habían desgarrado o gastado por la edad, y los reemplazaban con manuscritos nuevos para uso corriente en la sinagoga. De vez en cuando el contenido de la geniza se enterraba solemnemente para que nadie profanara el texto, que contenía el nombre santo de Jehová. A través de los siglos, millares de antiguos manuscritos bíblicos hebreos desaparecieron del uso así. Con todo, no sucedió esto en cuanto a la bien surtida geniza de la sinagoga de El Viejo Cairo, probablemente porque fue tapiada y olvidada hasta mediados del siglo XIX. En 1890, cuando se efectuaban reparaciones en aquella sinagoga, se reexaminó el contenido de la geniza y poco a poco se fueron vendiendo o donando sus tesoros. De esta fuente, manuscritos casi completos y millares de fragmentos —se dice que algunos son del siglo VI E.C.— han llegado a la Biblioteca de la Universidad de Cambridge y a otras bibliotecas de Europa y de los Estados Unidos.

 Hoy, en varias bibliotecas del mundo se han contado y catalogado quizás unos 6.000 manuscritos de todas las Escrituras Hebreas o porciones de ellas. Hasta recientemente, salvo por unos cuantos fragmentos, no había manuscritos hebreos más antiguos que los del siglo X E.C. Pero en 1947 E.C., en la zona del mar Muerto, se descubrió un rollo del libro de Isaías, y en años subsiguientes se descubrieron otros rollos inapreciables de las Escrituras Hebreas en cuevas de la zona del mar Muerto, un rico tesoro de manuscritos que había estado escondido por casi 1.900 años. Ahora los expertos les han asignado fechas que indican que fueron copiados en los últimos siglos antes de la era común. El estudio comparativo de los aproximadamente 6.000 manuscritos de las Escrituras Hebreas da una base sólida para determinar el texto hebreo, y revela fidelidad en la transmisión del texto.

EL IDIOMA HEBREO

 En su forma original, lo que los hombres hoy día llaman el idioma hebreo fue el idioma que Adán habló en el jardín de Edén. Por eso pudiera llamársele el idioma del hombre. Era el idioma que se hablaba en los días de Noé, aunque con un vocabulario que aumentaba. En forma todavía más amplia fue el idioma básico que sobrevivió cuando Jehová confundió el habla de la humanidad en la Torre de Babel. (Gén. 11:1, 7-9.) El hebreo pertenece al grupo de los idiomas semíticos; es cabeza de esa familia de idiomas. Parece que está relacionado con el idioma de Canaán en los días de Abrahán, y de la rama hebraica de su idioma los cananeos formaron varios dialectos. En Isaías 19:18 se le llama “el lenguaje de Canaán”. En sus tiempos Moisés fue un docto, versado no solo en la sabiduría de los egipcios, sino también en el hebreo de sus antepasados. Por esa razón podía leer los documentos antiguos que llegaban a sus manos, y puede que estos le fueran una fuente de información para lo que ahora conocemos como el libro bíblico de Génesis.

 Posteriormente, en los días de los reyes judíos, se llamó al hebreo “el lenguaje de los judíos”. (2 Rey. 18:26, 28.) En los días de Jesús los judíos hablaban una forma renovada o más abarcadora del hebreo, y más tarde aún este idioma llegó a ser un hebreo rabínico. Sin embargo, debe notarse que en las Escrituras Griegas Cristianas al idioma todavía se le llama “hebreo”, no arameo. (Juan 5:2; 19:13, 17; Hech. 22:2; Rev. 9:11.) Desde los tiempos más remotos el hebreo bíblico fue el idioma de comunicación y unión, uno entendido por la mayoría de los testigos precristianos de Jehová y por los testigos cristianos del primer siglo.

 Las Escrituras Hebreas eran un depósito de cristalinas aguas de la verdad, comunicadas y juntadas bajo inspiración divina. Sin embargo, solo los que podían leer hebreo podían beneficiarse directamente de estas aguas que Dios había provisto. ¿Cómo podrían los hombres de las naciones que hablaban una multiplicidad de lenguas hallar también un modo de embeberse de estas aguas de la verdad, y así obtener guía divina y refrigerio para el alma? (Rev. 22:17.) Esto sólo se podía lograr si se traducía la información del hebreo a otros idiomas y se ensanchaba así el fluir de la corriente de la verdad divina a todas las multitudes de la humanidad. Ciertamente podemos agradecer a Jehová Dios que, desde alrededor del siglo IV o el III a.E.C. hasta la actualidad se han traducido porciones de la Biblia en más de 1.900 idiomas. ¡Qué ayuda ha sido esto para todas las personas que buscan la justicia, que de veras pueden hallar su “deleite” en estas aguas preciosas! (Sal. 1:2; 37:3, 4.)

 ¿Da la Biblia misma autoridad o justificación para que su texto se traduzca a otros idiomas? ¡Sí, definitivamente! La palabra de Dios dada a Israel: “Alégrense, oh naciones, con su pueblo”, y el mandato profético de Jesús a los cristianos: “Estas buenas nuevas del reino se predicarán en toda la tierra habitada para testimonio a todas las naciones”, tienen que cumplirse. Para que esto suceda hay que traducir las Escrituras. Al considerar los casi 24 siglos de traducción de la Biblia, queda claro que la bendición de Jehová ha estado sobre este trabajo. Además, las traducciones antiguas de la Biblia que han sobrevivido en forma de manuscritos también han dado confirmación al elevado grado de fidelidad textual que existe en el depósito hebreo de la verdad. (Deu. 32:43; Mat. 24:14.)

LAS TRADUCCIONES MÁS ANTIGUAS

 El Pentateuco Samaritano. Una versión de fecha remota es la versión conocida como el Pentateuco Samaritano, que, como lo denota su nombre, solo contiene los primeros cinco libros de las Escrituras Hebreas. En realidad es una transliteración del texto hebreo a la escritura samaritana que se desarrolló de la antigua escritura hebrea. Es útil para indicar lo que había en el texto hebreo de aquel tiempo. Esta transliteración fue hecha por los samaritanos... descendientes de la gente que quedó en Samaria después de la conquista del reino de diez tribus de Israel en 740 a.E.C. y la gente que fue trasladada allí por los asirios en aquel tiempo. Los samaritanos incorporaron la adoración de Israel a la de sus propios dioses paganos, y aceptaron el Pentateuco. Se cree que lo transcribieron alrededor del siglo IV a.E.C., aunque ciertos eruditos sugieren que esto puede haberse realizado en una fecha posterior, como en el siglo II a.E.C. Al leer su texto, en realidad estarían pronunciando hebreo. Aunque el texto contiene unas 6.000 variaciones de lo que se escribió en el texto hebreo, muchas son detalles de poca importancia. Pocas de las copias manuscritas existentes son de antes del siglo XIII E.C.

 Los tárgumes arameos. La palabra aramea para “interpretación” o “paráfrasis” es targum. Desde el tiempo de Nehemías el arameo se usó como el idioma común entre muchos judíos que vivían en el territorio de Persia, y por eso fue necesario acompañar lecturas de las Escrituras Hebreas con traducciones al arameo. Es probable que estas llegaran a estar en la forma final que presentan actualmente desde alrededor del siglo V E.C. Aunque solo son paráfrasis libres del texto hebreo, y no una traducción exacta, suministran rica información relacionada con el texto y ayudan a determinar algunos pasajes difíciles.

 La Septuaginta o Versión de los Setenta griega. La más importante de las versiones antiguas de las Escrituras Hebreas, y la primera verdadera traducción escrita del hebreo, es la Septuaginta (que significa “Setenta”) griega. Según la tradición, 72 doctos judíos de Alejandría, Egipto, empezaron esta traducción alrededor de 280 a.E.C. Más adelante, de algún modo se empleó el número 70, y la versión llegó a conocerse como la Septuaginta. Parece que se completó en algún tiempo durante el siglo II a.E.C. Sirvió como Escrituras para los judíos de habla griega y tuvo uso extenso hasta el tiempo de Jesús y sus apóstoles. En las Escrituras Griegas Cristianas la mayoría de las 320 citas directas y un conjunto de quizás 890 citas y referencias relacionadas con las Escrituras Hebreas se basan en la Septuaginta.

 Todavía hay disponibles para estudio hoy una cantidad considerable de fragmentos de la Septuaginta escritos en papiro. Son valiosos porque pertenecen a los primeros tiempos del cristianismo, y aunque a menudo consisten solo en unos cuantos versículos o capítulos, ayudan a evaluar el contenido textual de la Septuaginta. La colección de papiros llamados Fuad (Núm. de inventario 266) fue descubierta en Egipto en 1939, y se ha averiguado que es del siglo I a.E.C. Contiene porciones de los libros de Génesis y Deuteronomio. En los fragmentos de Génesis no se encuentra el nombre divino debido a conservación incompleta. Pero en el libro de Deuteronomio el nombre aparece en varios lugares, escrito en caracteres hebreos cuadrados en el texto griego. Otros papiros datan de alrededor del siglo IV E.C., cuando para la escritura de manuscritos empezó a usarse la vitela, una clase fina y más durable de pergamino usualmente hecho de piel de becerro, cordero o cabra.

 Es de interés que el nombre divino, en la forma del Tetragrámaton, también aparece en la Septuaginta que se encuentra en la Héxapla de seis columnas de Orígenes, que se completó alrededor de 245 E.C. En un comentario sobre Salmo 2:2, Orígenes escribió lo siguiente acerca de la Septuaginta: “En los manuscritos más exactos EL NOMBRE aparece en caracteres hebreos, pero no en los [caracteres] hebreos de hoy, sino en los más antiguos”. Parece clara la prueba de que la Septuaginta fue alterada desde temprano en su historia; el Tetragrámaton fue sustituido por Ký·ri·os (Señor) y The·ós (Dios). Puesto que los primeros cristianos usaron manuscritos que contenían el nombre divino, no puede suponerse que ellos siguieran la tradición judía de no pronunciar “EL NOMBRE” durante su ministerio. Deben haber podido testificar directamente acerca del nombre de Jehová por su uso de la Septuaginta griega.

 Todavía existen centenares de manuscritos de la Septuaginta griega en vitela y pergamino. Varios de estos, producidos entre el siglo IV y el siglo IX E.C., son importantes porque abarcan grandes secciones de las Escrituras Hebreas. Se les conoce como unciales porque están escritos enteramente en grandes letras mayúsculas separadas unas de otras. Al resto de los manuscritos se les llama minúsculos porque están escritos en un estilo de escritura de letras más pequeñas, en cursiva. Los manuscritos en estilo minúsculo o cursivo siguieron siendo populares desde el siglo IX hasta que se introdujo la imprenta. Los manuscritos unciales sobresalientes de los siglos IV y V, a saber, el Vaticano núm. 1209, el Sinaítico y el Alejandrino contienen la Septuaginta griega con variaciones leves.

 La Vulgata latina. Esta versión ha sido el texto fundamental usado por muchos traductores católicos para producir otras versiones en la multitud de idiomas de la cristiandad occidental. ¿Cómo se produjo la Vulgata? La palabra latina vulgatus significa “común, lo que es popular”. La Vulgata se produjo en el latín común o popular de su día, para que la gente común del Imperio Romano Occidental pudiera entenderla fácilmente. Antes de preparar esta versión, el docto Jerónimo había hecho dos revisiones de los Salmos traducidos al latín clásico, mediante comparaciones con la Septuaginta griega. Sin embargo, preparó la Vulgata por traducción directa de los idiomas originales, hebreo y griego, y por eso su obra no fue una traducción de otra versión. Jerónimo trabajó en su traducción latina del hebreo desde alrededor de 390 E.C. hasta 405 E.C. Aunque en la obra terminada se incluyeron libros apócrifos, que para aquel tiempo estaban en las copias de la Septuaginta, Jerónimo distinguió claramente entre los libros que eran canónicos y los que no lo eran.

LOS TEXTOS HEBREOS

 Los soferim. Los hombres que copiaron las Escrituras Hebreas desde los días de Esdras hasta el tiempo de Jesús se llamaban escribas o soferim. Con el transcurso del tiempo estos hombres empezaron a tomarse la libertad de introducir cambios textuales. De hecho, Jesús mismo condenó categóricamente a estos seudocustodios de la Ley por arrogarse facultades que no les pertenecían. (Mat. 23:2, 13.)

 La masora revela alteraciones. A los que sucedieron como escribas a los soferim en los siglos después de Cristo se les conoció como masoretas. Estos notaron las alteraciones que habían hecho los soferim, sus predecesores, y llevaron un registro de aquellos cambios en el margen o al fin del texto hebreo. A estas notas marginales se dio el nombre de masora. La masora alistó los 15 puntos extraordinarios de los soferim, a saber, 15 palabras o frases del texto hebreo que habían sido marcadas por puntos o rayas. Algunos de estos puntos extraordinarios no afectan la traducción a otro idioma ni la interpretación, pero otros sí, y son importantes. Los soferim permitieron que su temor supersticioso de pronunciar el nombre Jehová los entrampara y los llevara a alterarlo para que leyera ´Adho·nái (Señor) en 134 lugares, y para que a veces leyera ´Elo·hím (Dios). La masora señala estos cambios. A los soferim o escribas antiguos también se les atribuye haber hecho por lo menos 18 enmiendas (correcciones), según una nota en la masora, aunque parece que hubo más. Probablemente hubo buenas intenciones tras estos cambios, pues el pasaje original parecía expresar o irreverencia hacia Dios o falta de respeto a sus representantes terrestres.

 El texto consonántico. El alfabeto hebreo se compone de 22 consonantes, sin vocales. Originalmente el lector tenía que suministrar los sonidos vocales según su conocimiento del idioma. La escritura hebrea era como escritura abreviada. Aun en el español moderno se usan muchas abreviaturas clásicas en las que solo aparecen consonantes. Por ejemplo, Dr. para doctor. Algo semejante se veía en el idioma hebreo: presentaba las palabras con consonantes solamente. Así, por la frase “texto consonántico” se da a entender el texto hebreo sin signos vocálicos. El texto consonántico de los manuscritos hebreos quedó fijo en su forma entre los siglos I y II E.C., aunque por algún tiempo siguieron circulando manuscritos con variantes en el texto. Ya no se hacían alteraciones, a diferencia de lo que sucedía en el período previo de los soferim.

 El texto masorético. En la segunda mitad del primer milenio E.C., los masoretas (hebreo: ba·`aléh ham·ma·soh·ráh, que significa “los Maestros de la Tradición”) instituyeron un sistema de puntos vocálicos y signos de acentuación. Estos eran una ayuda escrita para leer y pronunciar los sonidos vocales, mientras que antes la pronunciación se había transmitido por tradición oral. Los masoretas no hacían ningún cambio en los textos que transmitían, sino que registraban notas marginales en la masora como les parecía conveniente. Ejercían gran cuidado para no tomarse libertades con el texto. Además, en su masora indicaban peculiaridades textuales y daban lecturas corregidas que creían necesarias.

 Tres escuelas de masoretas participaron en el desarrollo de marcas vocálicas y de acentuación para el texto consonántico, a saber: la babilónica, la palestinense y la tiberiense. Al texto hebreo que ahora se presenta en las ediciones impresas de la Biblia hebrea se le llama texto masorético, y en él se utiliza el sistema que ideó la escuela de Tiberíades. Los masoretas de Tiberíades, una ciudad ubicada en la costa oeste del mar de Galilea, desarrollaron este sistema.

 La escuela palestinense colocó los signos vocálicos sobre las consonantes. Solo nos ha llegado una cantidad pequeña de manuscritos de este tipo, lo que muestra que aquel sistema de indicar las vocales era imperfecto. También el sistema babilónico de puntos vocálicos era supralineal. Un manuscrito en que se ve el sistema babilónico de puntos es el Códice de los Profetas, de Petersburgo, con fecha de 916 E.C. y conservado en la Biblioteca Pública de Leningrado, U.R.S.S. Este códice contiene Isaías, Jeremías, Ezequiel y los profetas “menores”, con notas marginales (masora). Unos eruditos han examinado cuidadosamente este manuscrito y lo han comparado con el texto tiberiense. Aunque emplea el sistema supralineal de indicar las vocales, en realidad sigue al texto tiberiense en lo que se refiere al texto consonántico y sus vocales y masora. El Museo Británico tiene una copia del texto babilónico del Pentateuco, que concuerda sustancialmente con el texto tiberiense.

 

Los Rollos del Mar Muerto. En 1947 empezó un excitante nuevo capítulo en la historia de los manuscritos hebreos. En una cueva de Uadi Qumrán (Nahal Qumeran), en la zona del mar Muerto, se descubrió el primer rollo de Isaías, junto con otros rollos bíblicos y no bíblicos. Poco después se publicó una copia fotostática completa de este rollo (1QIs a) bien conservado de Isaías para que la estudiaran los doctos. Se cree que es de la parte final del siglo II a.E.C. Aquí, de veras, había un hallazgo increíble... ¡un manuscrito hebreo unos mil años más antiguo que el más antiguo manuscrito existente del texto masorético reconocido de Isaías! De otras cuevas de Qumrán vinieron fragmentos de más de 170 rollos que representan porciones de todos los libros de las Escrituras Hebreas menos Ester. Todavía se están examinando y estudiando estos rollos.

 Cierto docto informa que su investigación del larguísimo Salmo 119 en un importante Rollo del Mar Muerto de los Salmos (11QPs a) le indica acuerdo verbal casi completo entre este y el texto masorético del Salmo 119. Respecto al Rollo de los Salmos, el profesor J. A. Sanders señaló: “La mayoría de [las variantes] son de índole ortográfica y solo son importantes a los doctos que se interesan en hallar la clave de la pronunciación del hebreo de la antigüedad, y asuntos semejantes”. Otros ejemplos de estos notables manuscritos antiguos indican que no hay variaciones grandes en la mayoría de los casos. El mismo rollo de Isaías, aunque muestra algunas diferencias en ortografía y en construcción gramatical, no varía en cuanto a puntos doctrinales.

 Aquí hemos considerado las líneas principales de transmisión de las Escrituras Hebreas. Estas son, principalmente: el Pentateuco Samaritano, los tárgumes arameos, la Septuaginta griega, el texto hebreo tiberiense, el texto hebreo palestinense, el texto hebreo babilónico y el texto hebreo de los Rollos del Mar Muerto. Como resultado del estudio y la comparación de estos textos tenemos seguridad de que las Escrituras Hebreas han llegado hasta nosotros hoy sustancialmente como al principio las pusieron por escrito los siervos inspirados de Dios.

EL TEXTO HEBREO REFINADO

 Hasta el mismo siglo XIX la edición impresa estándar de la Biblia hebrea fue la Segunda Biblia Rabínica de Jacob ben Chayyim, publicada en 1524-1525. Solo en el siglo XVIII empezaron los doctos a dar adelanto al estudio crítico del texto hebreo. En 1776-1780, en Oxford, Benjamin Kennicott publicó lecturas variantes de más de 600 manuscritos hebreos. Después, en 1784-1798, en Parma, el docto italiano J. B. de Rossi publicó lecturas variantes de más de 800 manuscritos adicionales. El hebraísta S. Baer, de Alemania, también produjo un texto maestro. En tiempos más recientes, C. D. Ginsburg dedicó muchos años a producir un texto maestro crítico de la Biblia hebrea. Este se publicó por primera vez en 1894, y tuvo una revisión final en 1926. Joseph Rotherham usó la edición de 1894 de este texto para producir en 1902 su traducción al inglés The Emphasised Bible (La Biblia con Énfasis), y el profesor Max L. Margolis y colaboradores usaron los textos de Ginsburg y de Baer para producir su traducción de las Escrituras Hebreas en 1917.

 En 1906 el hebraísta Rudolf Kittel presentó al público en Alemania la primera edición (y más tarde una segunda edición) de su texto hebreo refinado, titulado Biblia Hebraica, o “La Biblia Hebrea”. En este libro Kittel proveyó un aparato textual mediante extensas notas, en las cuales cotejó o comparó los muchos manuscritos hebreos del texto masorético disponibles en aquel tiempo. Usó como texto básico el texto generalmente aceptado de Jacob ben Chayyim. Cuando se pudieron usar los textos masoréticos más antiguos, superiores, de Ben Aser, que se habían estandarizado alrededor del siglo X E.C., Kittel empezó a trabajar en una tercera edición, enteramente diferente, de la Biblia Hebraica. Esta obra fue completada por sus asociados después de su muerte.

 

El texto griego cristiano de las Santas Escrituras

Cómo se copió el texto de las Escrituras Griegas; su transmisión en griego y otros idiomas hasta hoy; lo confiable del texto moderno.

LOS primeros cristianos fueron educadores y publicadores mundiales de la ‘palabra de Jehová’ en forma escrita. Tomaron en serio las palabras que Jesús dijo precisamente antes de su ascensión: “Recibirán poder cuando el espíritu santo llegue sobre ustedes, y serán testigos de mí tanto en Jerusalén como en toda Judea, y en Samaria, y hasta la parte más distante de la tierra”. (Isa. 40:8; Hech. 1:8.) Como lo había predicho Jesús, los primeros 120 discípulos recibieron el espíritu santo, con su fuerza que los cargó de energía. Esto fue en el día del Pentecostés de 33 E.C. Aquel mismo día Pedro tomó la delantera en el nuevo programa educativo al dar un testimonio cabal que llevó a muchos a abrazar de corazón el mensaje, y unas tres mil personas más fueron añadidas a la congregación cristiana recién fundada. (Hech. 2:14-42.)

  Animado a la acción como ningún otro grupo lo había sido antes en la historia, estos discípulos de Jesucristo emprendieron un programa docente que con el tiempo rebosó hasta llegar a todo rincón del mundo entonces conocido. (Col. 1:23.) Sí, estos testigos dedicados de Jehová estuvieron muy dispuestos a usar los pies para ir de casa en casa, de ciudad en ciudad y de país en país a declarar “buenas nuevas de cosas buenas”. (Rom. 10:15.) Estas buenas nuevas mencionaban la provisión del rescate mediante Cristo, la esperanza de la resurrección y el Reino que Dios había prometido. (1 Cor. 15:1-3, 20-22, 50; Sant. 2:5.) Nunca antes se había presentado a la humanidad un testimonio como aquel sobre cosas no vistas. Llegó a ser una ‘demostración evidente de realidades que no se contemplaban’, un despliegue de fe, para los muchos que ahora aceptaron a Jehová como su Señor Soberano sobre la base del sacrificio de Jesús. (Heb. 11:1; Hech. 4:24; 1 Tim. 1:14-17.)

  Aquellos ministros cristianos, hombres y mujeres, eran ministros ilustrados de Dios. Podían leer y escribir. Se habían educado en las Santas Escrituras. Eran gente informada en cuanto a los sucesos mundiales. Estaban acostumbrados a viajar. Eran como langostas insectiles en el sentido de que no permitían que ningún obstáculo les impidiera su adelanto mientras esparcían las buenas nuevas. (Hech. 2:7-11, 41; Joel 2:7-11, 25.) En aquel primer siglo de la era común trabajaron entre personas que en muchos sentidos eran muy semejantes a la gente de nuestros tiempos.

  Como predicadores progresivos de “la palabra de vida”, los cristianos primitivos dieron buen uso a todos los rollos de la Biblia a su disposición. (Fili. 2:15, 16; 2 Tim. 4:13.) Jehová inspiró a cuatro de ellos —a Mateo, Marcos, Lucas y Juan— para que pusieran por escrito “las buenas nuevas acerca de Jesucristo”. (Mar. 1:1; Mat. 1:1.) Algunos de ellos, como Pedro, Pablo, Juan, Santiago y Judas, escribieron cartas por inspiración. (2 Ped. 3:15, 16.) Otros llegaron a ser copistas de estas comunicaciones inspiradas, que las congregaciones en multiplicación se intercambiaban para su propio provecho. (Col. 4:16.) Además, “los apóstoles y ancianos en Jerusalén” tomaron decisiones doctrinales por dirección del espíritu de Dios, y estas se pusieron por escrito para uso posterior. Esta junta administrativa o cuerpo gobernante central también enviaba cartas de instrucción a las congregaciones esparcidas por todas partes. (Hech. 5:29-32; 15:2, 6, 22-29; 16:4.) Y para esto tenían que proveer su propio servicio de correo.

  Para facilitar la distribución de las Escrituras, así como suministrarlas en una forma que fuera conveniente para consultarlas, los cristianos primitivos pronto empezaron a usar manuscritos preparados en forma de códice en vez de en forma de rollos. El códice se parece al libro moderno, que le permite a uno volver rápidamente las hojas cuando busca referencias, a diferencia del mucho desenrollar que con frecuencia se necesitaba al usar un rollo. Además, la forma del códice facilitaba el encuadernar juntos varios escritos canónicos, mientras que por lo general los que estaban en forma de rollo se mantenían en rollos separados. Los cristianos primitivos fueron pioneros en el uso del códice. Quizás hasta lo hayan inventado. Aunque el códice fue una forma que los escritores no cristianos adoptaron lentamente, la gran mayoría de los papiros cristianos de los siglos II y III están en forma de códice.

  El koiné (griego común) como medio. El llamado período clásico del idioma griego se extendió desde el siglo IX a.E.C. hasta el siglo IV a.E.C. Este fue el período de los dialectos ático y jónico. Fue durante aquel tiempo, y especialmente en los siglos V y IV a.E.C., cuando florecieron muchos dramaturgos, poetas, oradores, historiadores, filósofos y científicos griegos, entre los cuales adquirieron fama Homero, Heródoto, Sócrates, Platón y otros. El período desde alrededor del siglo IV a.E.C. hasta alrededor del siglo VI E.C. fue la era de lo que conocemos como el koiné o griego común. Esta forma del griego se desarrolló en gran parte como resultado de las operaciones militares de Alejandro Magno, cuyo ejército estaba compuesto de soldados de todas partes de Grecia. Estos hablaban diferentes dialectos griegos, y a medida que estos se fueron mezclando se desarrolló un dialecto común, el koiné, que entró en uso general. Con la conquista de Egipto y Asia hasta la India por Alejandro, el koiné se esparció entre muchos pueblos, y se convirtió en la lengua internacional y duró como tal por muchos siglos. El vocabulario griego de la Septuaginta fue el koiné corriente de Alejandría, Egipto, durante los siglos III y II a.E.C.

  En los días de Jesús y sus apóstoles el koiné era la lengua internacional de las tierras dominadas por Roma. La Biblia misma da testimonio de eso. Cuando Jesús fue fijado en el madero, la inscripción que se puso allí tuvo que escribirse no solo en hebreo (el idioma de los judíos), sino también en latín (el idioma oficial del país) y en griego, que se hablaba en las calles de Jerusalén con casi la misma frecuencia que en Roma, Alejandría o Atenas misma. (Juan 19:19, 20; Hech. 6:1.) Hechos 9:29 muestra que Pablo predicó las buenas nuevas en Jerusalén a judíos de habla griega. Para entonces el koiné era una lengua dinámica, viva, bien desarrollada... un lenguaje accesible y muy adecuado para el propósito noble de Jehová de comunicar más extensamente la Palabra divina.

EL TEXTO GRIEGO Y SU TRANSMISIÓN

  En el estudio anterior aprendimos que Jehová conservó sus aguas de la verdad en un depósito de documentos escritos... las Escrituras Hebreas, producidas por inspiración. Sin embargo, ¿qué se puede decir de las Escrituras que escribieron los apóstoles y otros discípulos de Jesucristo? ¿Se han conservado estas para nosotros con un cuidado como aquel? Un examen del inmenso depósito de manuscritos conservados en griego y en otros idiomas muestra que fue así. Como ya se ha explicado, esta parte del canon bíblico consta de 27 libros. Considere las líneas de transmisión textual de estos 27 libros, que muestran cómo se ha conservado el texto griego original hasta la actualidad.

  La fuente de los manuscritos griegos. Los 27 libros canónicos de las Escrituras cristianas se escribieron en el griego común de aquel tiempo. No obstante, parece que el libro de Mateo se escribió primero en el hebreo bíblico, para beneficio del pueblo judío. Eso indica Jerónimo, un traductor de la Biblia que vivió en el siglo IV, y dice también que más tarde Mateo fue traducido al griego. Puede que Mateo mismo hiciera la traducción, pues por haber sido siervo civil romano, recaudador de impuestos, con toda seguridad sabía hebreo, latín y griego. (Mar. 2:14-17.)

10 Todos los demás escritores cristianos de la Biblia —Marcos, Lucas, Juan, Pablo, Pedro, Santiago y Judas— escribieron sus documentos en koiné, el idioma común, vivo, que entendían los cristianos y la mayoría de las demás personas en el primer siglo. Juan escribió el último de los documentos originales alrededor de 98 E.C. Hasta donde se sabe, ninguno de estos 27 manuscritos originales en koiné se ha conservado hasta hoy. Con todo, de esta fuente original han fluido hasta nosotros copias de los originales, copias de copias y familias de copias, hasta que hoy existe un inmenso depósito de manuscritos de las Escrituras Griegas Cristianas.

  Un depósito de más de 13.000 manuscritos. Hoy día hay un tremendo caudal de copias manuscritas de los 27 libros canónicos. Algunos manuscritos abarcan porciones extensas de las Escrituras; otros son simplemente fragmentos. Según un cálculo, hay más de 5.000 manuscritos en el griego original. Además, hay más de 8.000 manuscritos en varias otras lenguas... un total de más de 13.000 manuscritos en conjunto. Estos, fechados desde el siglo II E.C. hasta el siglo XVI E.C., ayudan a determinar el verdadero texto original. El más antiguo de estos muchos manuscritos es el fragmento de papiro (conocido por el número P 52) del Evangelio de Juan, que se halla en la Biblioteca John Rylands, en Manchester, Inglaterra, fechado como de la primera mitad del siglo II, posiblemente de alrededor de 125 E.C.. Como se ve, esta copia se hizo solo aproximadamente un cuarto de siglo después del original. Cuando consideramos que para determinar el texto de la mayoría de los autores clásicos solo se cuenta con un puñado de manuscritos, y estos rara vez caen dentro de siglos de los escritos originales, podemos comprender el caudal de prueba que hay para ayudarnos a llegar a un texto autoritativo de las Escrituras Griegas Cristianas.

  Manuscritos en papiro. Como las copias más antiguas de la Septuaginta, los primeros manuscritos de las Escrituras Griegas Cristianas se escribieron en papiro, material que se continuó usando para manuscritos bíblicos hasta alrededor del siglo IV E.C. Parece que los escritores de la Biblia usaron también papiro para las cartas que enviaron a las congregaciones cristianas.

13 En la provincia de Faiyum, en Egipto, se han hallado grandes cantidades de escritos en papiro. A fines del siglo XIX se descubrieron algunos papiros bíblicos. Uno de los más importantes hallazgos de manuscritos de nuestros tiempos fue un descubrimiento que se dio a conocer en 1931. Constaba de partes de 11 códices que tenían porciones de 8 diferentes libros de las Escrituras Hebreas inspiradas y 15 libros de las Escrituras Griegas Cristianas, todos en griego. Estos papiros varían en su fecha de escritura desde el siglo II hasta el siglo IV E.C. Gran parte de las porciones de las Escrituras Griegas Cristianas de este hallazgo están ahora en las colecciones Chester Beatty, y se alistan como P 45, P 46 y P 47; el símbolo “P” representa “Papiro”.

  Papiros de otra notable colección se publicaron en Ginebra, Suiza, de 1956 a 1961. Estos papiros, conocidos con el nombre de Bodmer, incluyen textos antiguos de dos Evangelios (P 66 y P 75) que datan de principios del siglo III E.C. En la tabla que precede a este estudio se indican algunos sobresalientes papiros bíblicos de la antigüedad, tanto de las Escrituras Hebreas como de las Griegas Cristianas.

  Estos papiros descubiertos suministran prueba de que el canon bíblico se completó hace muchísimo tiempo. Entre los papiros con el nombre de Chester Beatty, dos códices —uno en que aparecen juntas partes de los cuatro Evangelios y Hechos (P 45) y otro que coloca dentro de sus tapas 9 de las 14 cartas de Pablo (P 46)— muestran que las Escrituras Griegas Cristianas inspiradas fueron puestas en un conjunto poco después de la muerte de los apóstoles. Puesto que habría tomado tiempo el que estos códices circularan extensamente y fueran a dar a Egipto, está claro que estas Escrituras habían sido recopiladas en su forma estándar a más tardar para el siglo II. Por eso, para el fin del siglo II no había duda de que el canon de las Escrituras Griegas Cristianas se había cerrado, de modo que el canon de toda la Biblia estaba completo.

  Manuscritos en vitela y pergamino. Como aprendimos en el estudio anterior, desde alrededor del siglo IV E.C. la vitela, un pergamino de clase fina por lo general hecho de piel de becerro, cordero o cabra, más durable que el papiro, empezó a usarse en lugar de este para los manuscritos. Algunos manuscritos bíblicos muy importantes en existencia hoy están en vitela. Ya hemos examinado los manuscritos en vitela y pergamino de las Escrituras Hebreas. La tabla de la página 314 alista algunos sobresalientes manuscritos en vitela y pergamino, tanto de las Escrituras Griegas Cristianas como de las Escrituras Hebreas. Los de las Escrituras Griegas se escribieron enteramente en mayúsculas, y se les llama unciales. La obra New Bible Dictionary da informe de 274 manuscritos unciales de las Escrituras Griegas Cristianas, y estos datan desde el siglo IV hasta el siglo X E.C. Además, hay los más de 5.000 manuscritos cursivos o minúsculos, hechos en escritura continua. Estos, también en vitela, fueron escritos durante el período desde el siglo IX E.C. hasta el comienzo de la imprenta.

ERA DE CRÍTICA Y REFINACIÓN TEXTUALES

  El texto de Erasmo. Durante los muchos siglos de la Edad del Oscurantismo, cuando el latín dominaba y la Europa occidental estaba bajo el férreo agarro de la Iglesia Católica Romana, la erudición y el estudio estaban en decadencia. Sin embargo, con el invento europeo de la imprenta de caracteres movibles en el siglo XV y el movimiento de la Reforma a principios del siglo XVI hubo más libertad, y renació el interés en la lengua griega. A principios de este revivificarse de la erudición, el famoso docto holandés Desiderio Erasmo produjo su primera edición de un texto griego maestro del “Nuevo Testamento”. (Un texto maestro impreso de esa índole se prepara mediante comparar cuidadosamente varios manuscritos y usar las palabras que la mayoría de ellos aceptan como las originales, y con frecuencia se incluyen, en un aparato abajo, notas sobre cualesquiera lecturas variantes en algunos manuscritos.) Esta primera edición se imprimió en Basilea, Suiza, en 1516, un año antes de iniciarse la Reforma en Alemania. La primera edición tuvo muchos errores, pero en ediciones subsiguientes, en 1519, 1522, 1527 y 1535, se presentó un texto mejorado. Erasmo tuvo solo unos cuantos manuscritos cursivos recientes a su disposición para cotejar y preparar su texto maestro.

 El texto griego refinado de Erasmo llegó a ser la base para mejores traducciones a varios idiomas de la Europa occidental. Como resultado, se produjeron versiones que eran superiores a las que previamente se habían traducido de la Vulgata latina. El primero que usó el texto de Erasmo fue Martín Lutero, de Alemania, quien terminó su traducción de las Escrituras Griegas Cristianas al alemán en 1522. En medio de mucha persecución, William Tyndale, de Inglaterra, preparó después su traducción inglesa del texto de Erasmo, la cual completó mientras estaba en el exilio en el continente europeo en 1525. Antonio Brucioli, de Italia, tradujo el texto de Erasmo al italiano en 1530. Con la llegada del texto griego de Erasmo empezaba una era de crítica textual. La crítica textual es el método que se usa para reconstruir y restaurar el texto bíblico de los escritos originales.

 

División en capítulos y versículos. Robert Estienne, o Estéfano, fue prominente como impresor y publicador de libros en el siglo XVI en París. Como publicador se dio cuenta de lo útil de usar un sistema de capítulos y versículos para referencia rápida, y por eso introdujo este sistema en su Nuevo Testamento griego-latín en 1551. Los masoretas fueron los primeros en dividir las Escrituras Hebreas en versículos, pero fue la Biblia francesa que publicó Estéfano en 1553 la que por primera vez presentó todas las Escrituras con las divisiones que muestran actualmente. Esto se hizo también en Biblias en inglés producidas después, lo que hizo posible preparar concordancias bíblicas como la de Alexander Cruden de 1737 y las dos concordancias completas de la traducción al inglés conocida como la Versión Autorizada: la de Robert Young, publicada por primera vez en Edimburgo en 1873, y la de James Strong, publicada en Nueva York en 1894.

  El Textus Receptus. Estéfano también publicó varias ediciones del “Nuevo Testamento” griego. Estas se basaron principalmente en el texto de Erasmo, con correcciones según la Políglota Complutense de 1522 y 15 manuscritos cursivos de unos cuantos siglos antes. La tercera edición que publicó Estéfano de su texto griego (en 1550) llegó a ser de hecho el Textus Receptus (latín para “texto recibido”) sobre el cual se basaron otras versiones inglesas del siglo XVI y la Versión Autorizada de 1611.  

Versiones antiguas hechas del griego. Además de los manuscritos griegos, hoy día también se pueden estudiar muchos manuscritos de traducciones de las Escrituras Griegas Cristianas a otros idiomas. Hay más de 50 manuscritos (o fragmentos) de versiones en latín clásico y miles de manuscritos de la Vulgata latina de Jerónimo.

  Por lo menos desde el siglo XIV en adelante se han producido traducciones de las Escrituras Griegas al hebreo. Estas son interesantes por el hecho de que varias de ellas han restaurado el nombre divino en diversos lugares de las Escrituras Cristianas.

VARIACIONES TEXTUALES Y SU SIGNIFICADO

  Entre los más de 13.000 manuscritos de las Escrituras Griegas Cristianas hay muchas variaciones textuales. Tan solo los 5.000 manuscritos en griego muestran muchas de esas diferencias. Bien podemos comprender que cada copia hecha de los manuscritos antiguos contuviera sus propios errores distintivos cometidos por los que escribían. Cuando cualquiera de estos manuscritos se enviaba a algún lugar para ser usado allí, estos errores se repetían en las copias que se hacían en aquel lugar, y caracterizaban otros manuscritos allí. De esta manera se desarrollaron familias de manuscritos similares. Entonces, ¿no deberían considerarse con alarma los millares de errores de los copistas? ¿No indican falta de fidelidad en la transmisión del texto? ¡De ninguna manera!

  F. J. A. Hort, que participó en producir el texto de Westcott y Hort, escribe: “La gran mayoría de las palabras del Nuevo Testamento quedan por encima de todo proceso discriminador de la crítica, porque no hay variación en ellas, y basta con transcribirlas [...] Si se ponen a un lado las variaciones que, comparativamente, son trivialidades [...], las palabras que en nuestra opinión todavía están sujetas a duda difícilmente pueden equivaler a más de una milésima parte de todo el Nuevo Testamento”.

  Evaluación de la transmisión textual. Entonces, al considerar todos los factores, ¿cómo se puede evaluar la integridad y autenticidad del texto bíblico después de estos muchos siglos de transmisión? No solo hay millares de manuscritos que se pueden comparar, sino que los manuscritos bíblicos de gran antigüedad que se han hallado en las últimas décadas hacen que el texto griego se remonte hasta alrededor del año 125 E.C., solo a un par de décadas de la muerte del apóstol Juan, que tuvo lugar cerca de 100 E.C. Estas pruebas procedentes de los manuscritos suministran firme seguridad de que ahora tenemos un texto griego confiable en forma refinada. Note la evaluación que da de este asunto un ex director y bibliotecario del Museo Británico, sir Frederic Kenyon:

 “El intervalo, pues, entre las fechas de composición original y la más temprana prueba existente se hace tan pequeño que de hecho es insignificante, y ahora se ha eliminado el último fundamento para dudar que las Escrituras nos hayan llegado sustancialmente como se escribieron. Tanto la autenticidad como la integridad general de los libros del Nuevo Testamento pueden considerarse finalmente establecidas. No obstante, integridad general es una cosa, y certeza en cuanto a detalles es otra”.

Una visita a la Tierra Prometida

Las regiones del país, sus rasgos físicos, sus montañas y valles, sus ríos y lagos, y su clima, suelo y variedades de vegetación.

JEHOVÁ Dios estableció los límites de la antigua Tierra Prometida. (Éxo. 23:31; Núm. 34:1-12; Jos. 1:4.) Por muchos siglos algunos llamaron a esta zona la tierra de Palestina, un nombre derivado de la palabra latina Palaestina y la griega Pa·lai·stí·ne. Esta última palabra viene de la hebrea Pelé·scheth. En las Escrituras Hebreas, Pelé·scheth se traduce “Filistea” en español y se refiere únicamente al territorio de los filisteos, que eran enemigos del pueblo de Dios. (Éxo. 15:14.) Sin embargo, puesto que Jehová prometió esta tierra al fiel Abrahán y a sus descendientes, la designación “Tierra Prometida” o “Tierra de Promisión” es muy apropiada. (Gén. 15:18; Deu. 9:27, 28; Heb. 11:9.) Esta tierra o país es notable por la variedad de su geografía, pues esta zona pequeña encierra muchos de los rasgos distintivos y extremos que se hallan por toda la Tierra. Si Jehová pudo dar como herencia a sus testigos de la antigüedad aquella tierra de promisión con toda su hermosa variedad, entonces ciertamente puede dar todavía a sus adoradores dedicados un glorioso nuevo mundo paradisíaco que se extienda por toda la Tierra, con montañas, valles, ríos y lagos que les deleitarán. Prestemos ahora gran atención a los rasgos geográficos de la Tierra Prometida, mientras la visitamos en una excursión imaginaria.

TAMAÑO GENERAL

 Según los límites designados por Dios que se declaran en Números 34:1-12, la tierra que se le prometió a Israel sería una faja o franja estrecha de territorio. Como promedio mediría unos 480 kilómetros (300 millas) de norte a sur, y unos 56 kilómetros (35 millas) de ancho. Hubo que esperar hasta los reinados de los reyes David y Salomón para que toda la zona prometida estuviera ocupada militarmente, después que los israelitas sojuzgaron a muchos pueblos. Con todo, a la porción que realmente fue poblada por los judíos se la describe generalmente como una región que se extendía desde Dan hasta Beer-seba, una distancia de unos 240 kilómetros (150 millas) de norte a sur. (1 Rey. 4:25.) La distancia a lo ancho del país desde el monte Carmelo hasta el mar de Galilea es de aproximadamente 51 kilómetros (32 millas), y en el sur, donde la costa del Mediterráneo describe gradualmente una curva hacia el sudoeste, hay más de 80 kilómetros (50 millas) desde Gaza hasta el mar Muerto. Esta zona poblada al oeste del río Jordán medía solo unos 15.000 kilómetros cuadrados (6.000 millas cuadradas). No obstante, los israelitas se establecieron también en ciertas tierras al este del Jordán (tierras que no estaban incluidas dentro de los límites originales prometidos), de modo que el total del territorio poblado fue de poco menos de 26.000 kilómetros cuadrados (10.000 millas cuadradas).

REGIONES NATURALES

 Nuestra visita a la Tierra Prometida nos llevará por las siguientes divisiones naturales del país. El esquema que se da a continuación suministra la clave para el mapa acompañante, que muestra los límites aproximados de las zonas que consideraremos.

Regiones geográficas

A. Litoral del mar Grande. (Jos. 15:12.)

B. Las llanuras al oeste del Jordán

1. Llanura de Aser. (Jue. 5:17.)

2. La franja costera de Dor. (Jos. 12:23.)

3. Dehesas de Sarón. (1 Cró. 5:16.)

4. Llanura de Filistea. (Gén. 21:32; Éxo. 13:17.)

5. Valle central de este a oeste

a. Llanura de Meguidó (Esdrelón). (2 Cró. 35:22.)

b. Llanura baja de Jezreel. (Jue. 6:33.)

C. Las regiones montañosas al oeste del Jordán

1. Colinas de Galilea. (Jos. 20:7; Isa. 9:1.)

2. Colinas del Carmelo. (1 Rey. 18:19, 20, 42.)

3. Colinas de Samaria. (Jer. 31:5; Amós 3:9.)

4. Sefelá. (Jos. 11:2; Jue. 1:9.)

5. La zona de colinas de Judá. (Jos. 11:21.)

6. Desierto de Judá (Jesimón). (Jue. 1:16; 1 Sam. 23:19.)

7. Négueb. (Gén. 12:9; Núm. 21:1.)

8. Desierto de Parán. (Gén. 21:21; Núm. 13:1-3.)

D. El gran Arabá (el valle de la Grieta). (2 Sam. 2:29;
   Jer. 52:7.)

1. Cuenca Huleh

2. Región alrededor del mar de Galilea. (Mat. 14:34;
   Juan 6:1.)

3. Distrito del valle del Jordán (El Ghor). (1 Rey. 7:46;
   2 Cró. 4:17; Luc. 3:3.)

4. El mar Salado (Muerto) (mar del Arabá). (Núm. 34:3;
   Deu. 4:49; Jos. 3:16.)

5. Arabá (hacia el sur desde el mar Salado). (Deu. 2:8.)

E. Montañas y mesetas al este del Jordán. (Jos. 13:9, 16, 17, 21;
  
ÞJos.Ü 20:8.)

1. Tierra de Basán. (1 Cró. 5:11; Sal. 68:15.)

2. Tierra de Galaad. (Jos. 22:9.)

3. Tierra de Ammón y de Moab. (Jos. 13:25; 1 Cró. 19:2;
   Deu. 1:5.)

4. Altiplanicie montañosa de Edom. (Núm. 21:4; Jue. 11:18.)

F. Montañas del Líbano. (Jos. 13:5.)

A. LITORAL DEL MAR GRANDE

 Al empezar nuestra visita desde el oeste, primero contemplamos el litoral o costa del hermoso y azul Mediterráneo. A causa de las grandes extensiones de dunas o médanos, el único puerto natural bueno más abajo del monte Carmelo se encuentra en Jope; pero al norte del Carmelo hay varios puertos naturales útiles. Los fenicios, que vivieron en el país a lo largo de esta parte de la costa, se hicieron famosos navegantes. La temperatura anual de término medio a lo largo del litoral soleado es de unos agradables 19°C (67°F), aunque los veranos son muy calurosos, pues durante el día la temperatura alcanza un promedio de cerca de 34°C (93°F) en Gaza.

B-1 LLANURA DE ASER

 Esta llanura costera se extiende hacia el norte desde el monte Carmelo por unos 40 kilómetros (25 millas). Su mayor anchura es de unos 13 kilómetros (8 millas), y es parte de la tierra que se asignó a la tribu de Aser. (Jos. 19:24-30.) Era una fértil franja llana muy productiva y suministraba alimento para las mesas reales de Salomón. (Gén. 49:20; 1 Rey. 4:7, 16.)

B-2 LA FRANJA COSTERA DE DOR

 Esta franja de tierra linda con la cordillera del Carmelo por unos 32 kilómetros (20 millas). Solo mide unos 4 kilómetros (2,5 millas) de ancho. En realidad es una franja costera de tierra que está entre el Carmelo y el Mediterráneo. En la parte sur está la ciudad portuaria de Dor, y al sur de esta empiezan las dunas. Las colinas detrás de Dor producían alimento selecto para los banquetes de Salomón. Una de las hijas de Salomón se casó con el comisario de esta región. (1 Rey. 4:7, 11.)

B-3 DEHESAS DE SARÓN

 En vista de la belleza proverbial de sus flores, es apropiado que se mencione a Sarón en la visión profética que tuvo Isaías sobre la restauración de la tierra de Israel. (Isa. 35:2.) Esta es una zona fértil y bien regada. Es una llanura que varía de 16 a 19 kilómetros (10 a 12 millas) de ancho y se extiende por unos 64 kilómetros (40 millas) hacia el sur desde la franja costera de Dor. En tiempos de los hebreos crecían bosques de robles en la parte norte de Sarón. Muchos rebaños pacían allí después de haberse cortado el grano. Por eso se llamaba a este lugar las dehesas de Sarón. En el tiempo del rey David, el rey mantenía en Sarón sus vacadas. (1 Cró. 27:29.) Hoy hay extensas arboledas de cítricos en esta zona.

B-4 LLANURA DE FILISTEA

 Esta sección de tierra está al sur de las dehesas de Sarón y se extiende unos 80 kilómetros (50 millas) a lo largo de la costa y cerca de 24 kilómetros (15 millas) tierra adentro. (1 Rey. 4:21.) A veces las dunas a lo largo de la costa se adentran hasta seis kilómetros (tres millas y media). Es una llanura ondulada que se eleva como una estepa desde 30 metros (100 pies) hasta unos 200 metros (650 pies) detrás de Gaza en el sur. El suelo es fértil, pero la lluvia no es muy abundante, y siempre hay peligro de sequía.

B-5 VALLE CENTRAL DE ESTE A OESTE

 En realidad el valle central de este a oeste se compone de dos partes, la llanura-valle de Meguidó, o Esdrelón, al oeste, y la llanura baja de Jezreel al este. (2 Cró. 35:22; Jue. 6:33.) Todo este valle central facilitaba el viaje a través del país desde el valle de la grieta del Jordán hasta la costa del Mediterráneo, y llegó a ser una importante ruta comercial. El valle torrencial de Cisón desagua en la llanura de Meguidó, y luego las aguas fluyen por un desfiladero angosto entre el monte Carmelo y las colinas de Galilea y entran en la llanura de Aser, y de allí pasan al Mediterráneo. Esta moderada corriente de agua casi se seca durante los meses del verano, pero en otras estaciones se convierte en un torrente. (Jue. 5:21.)

 Aguas de la llanura baja de Jezreel descienden por el sudeste hacia el Jordán. Este valle angosto, la llanura de Jezreel, mide unos 3,2 kilómetros (2 millas) de ancho y abarca una distancia de casi 19 kilómetros (12 millas). La elevación empieza a más de 90 metros (300 pies), y luego desciende constantemente hasta unos 120 metros (390 pies) bajo el nivel del mar cerca de Bet-seán. Todo el valle central es muy fértil, y la sección de Jezreel es una de las partes más ricas de todo el país. Jezreel mismo significa “Dios Sembrará Semilla”. (Ose. 2:22.) Las Escrituras hablan de la agradabilidad y belleza de este distrito. (Gén. 49:15.) Tanto Meguidó como Jezreel fueron estratégicas en las batallas que pelearon Israel y las naciones circunvecinas, y fue aquí donde pelearon Barac, Gedeón, el rey Saúl y Jehú. (Jue. 5:19-21; 7:12; 1 Sam. 29:1; 31:1, 7; 2 Rey. 9:27.)

C-1 COLINAS DE GALILEA

 Fue en la sección sur de las colinas de Galilea (y alrededor del mar de Galilea) donde Jesús hizo la mayor parte de su obra de dar testimonio acerca del nombre y el Reino de Jehová. (Mat. 4:15-17; Mar. 3:7.) La mayoría de los seguidores de Jesús, entre ellos sus 11 apóstoles fieles, vinieron de Galilea. (Hech. 2:7.) En este distrito, que a veces se llama Baja Galilea, la tierra es sumamente deleitable y las colinas no se elevan a más de 600 metros (2.000 pies). De otoño a primavera no falta la lluvia sobre esta tierra agradable, y por eso no es una región desértica. En la primavera toda ladera de colina resplandece por las flores, y toda cuenca de valle abunda en granos. En las pequeñas altiplanicies hay suelo fértil para la agricultura, y las colinas son adecuadas para el cultivo de olivos y vides. Algunas poblaciones de fama bíblica que están en esta zona son Nazaret, Caná y Naín. (Mat. 2:22, 23; Juan 2:1; Luc. 7:11.) Esta zona proveyó a Jesús un magnífico fundamento sobre el cual desarrollar sus ilustraciones. (Mat. 6:25-32; 9:37, 38.)

 En la sección norte, o Alta Galilea, las colinas se elevan a más de 1.100 metros (3.600 pies), y en realidad se convierten en las estribaciones de las montañas del Líbano. La Alta Galilea es una región aislada y barrida por el viento, y la lluvia allí es copiosa. En tiempos bíblicos las laderas hacia el oeste estaban densamente arboladas. Esta región fue asignada a la tribu de Neftalí. (Jos. 20:7.)

C-2 COLINAS DEL CARMELO

 La estribación del monte Carmelo sobresale majestuosamente hacia el mar Mediterráneo. El Carmelo es realmente una cordillera montuosa, de unos 48 kilómetros (30 millas) de largo, que se eleva hasta 545 metros (1.790 pies) sobre el nivel del mar. Se extiende desde las colinas de Samaria hasta el Mediterráneo, y su promontorio, que forma la serranía principal en el extremo noroeste, es inolvidable por su gracia y belleza. (Cant. de Cant. 7:5.) El nombre Carmelo significa “Huerto”, y verdaderamente aplica a este promontorio fértil, adornado con sus famosas viñas, árboles frutales y olivos. Isaías 35:2 lo usa como símbolo de la gloria fructífera de la tierra restaurada de Israel: ‘El esplendor del Carmelo tiene que serle dado’. Fue aquí donde Elías desafió a los sacerdotes de Baal y donde “el fuego de Jehová vino cayendo” para probar Su supremacía, y desde la cumbre del Carmelo llamó Elías atención a la pequeña nube que se convirtió en un gran aguacero y terminó así milagrosamente la sequía que le había venido a Israel. (1 Rey. 18:17-46.)

C-3 COLINAS DE SAMARIA

 La parte sur de esta región es la más montuosa, pues se eleva a más de 900 metros (3.000 pies) en el este. (1 Sam. 1:1.) En esta región llueve más, y la lluvia es más confiable, que en Judá hacia el sur. Esta región fue poblada por los descendientes de Efraín, el hijo menor de José. La parte norte de esta región, que fue asignada a la media tribu de Manasés, el hijo mayor de José, consta de cuencas de valle y pequeñas llanuras rodeadas de colinas. La tierra montuosa no es muy fértil, aunque hay viñas y olivares, cuyo cultivo ha sido posible por el uso extenso de terrazas en las laderas bajas. (Jer. 31:5.) Sin embargo, las cuencas de valle más grandes son excelentes para el cultivo de granos y para la agricultura en general. En esta región había muchas ciudades en tiempos bíblicos. Durante el tiempo del reino norteño, Manasés proveyó las tres capitales sucesivas: Siquem, Tirzá y Samaria, y toda esta región recibió el nombre de Samaria debido a la capital. (1 Rey. 12:25; 15:33; 16:24.)

 En verdad la bendición de Moisés sobre José se cumplió respecto a esta tierra. “En cuanto a José, dijo: ‘Que de Jehová sea continuamente bendecida su tierra con las cosas selectas del cielo, con rocío, [...] y con las cosas selectas, los productos del sol, y con las cosas selectas, el fruto de los meses lunares, y con lo más selecto de las montañas del este, y con las cosas selectas de las colinas de duración indefinida’.” (Deu. 33:13-15.) Sí; esta era una tierra deleitable. Sus montañas estaban densamente arboladas, sus valles eran productivos, y la región llegó a estar llena de ciudades prósperas y bien pobladas. (1 Rey. 12:25; 2 Cró. 15:8.) En tiempos posteriores Jesús predicó en la tierra de Samaria, como también lo hicieron sus discípulos, y el cristianismo tuvo muchos apoyadores allí. (Juan 4:4-10; Hech. 1:8; 8:1, 14.)

C-4 SEFELÁ

 Aunque el nombre Sefelá significa “Tierra Baja”, realmente es una zona montuosa que alcanza una altitud de unos 450 metros (1.500 pies) en la porción sur y está interrumpida por muchos valles que se extienden de este a oeste. (2 Cró. 26:10.) Se eleva directamente al este de la llanura costera de Filistea y debe considerarse una tierra baja solo en comparación con las colinas de Judá, que son más altas y están más al este. (Jos. 12:8.) Sus colinas, que estaban cubiertas de sicómoros, ahora sustentan viñas y olivares. (1 Rey. 10:27.) Tenía muchas ciudades. En la historia bíblica sirvió de valla entre Israel y los filisteos o cualesquier otros ejércitos invasores que trataban de entrar en Judá desde la dirección de la llanura costera. (2 Rey. 12:17; Abd. 19.)

C-5 LA ZONA DE COLINAS DE JUDÁ

 Esta es una elevada zona rocosa de unos 80 kilómetros (50 millas) de largo y menos de 32 kilómetros (20 millas) de ancho, con elevaciones que varían desde 600 metros (2.000 pies) hasta más de 1.000 metros (3.300 pies) sobre el nivel del mar. En tiempos bíblicos esta zona estaba cubierta de árboles maderables, y en el lado oeste en particular abundaban los sembrados de granos, los olivos y las viñas en las colinas y los valles. Era un distrito que producía muchos granos, aceite y vino buenos para Israel. Ha habido mucha tala de árboles particularmente en la zona alrededor de Jerusalén desde tiempos bíblicos, y por eso se ve yerma en comparación con lo que fue en otro tiempo. En el invierno a veces cae nieve en las elevaciones superiores del centro, como en Belén. En tiempos antiguos se consideraba que Judá era un buen lugar para ciudades y fortalezas, y en tiempos dificultosos la gente podía huir a esas montañas en busca de protección. (2 Cró. 27:4.)

 Jerusalén, llamada también Sión por el nombre de su ciudadela, sobresale en la historia de Judá y de Israel. (Sal. 48:1, 2.) Originalmente era la ciudad cananea de Jebús, que estaba en terreno elevado y dominaba el punto de unión del valle de Hinón y el valle del Cedrón. Después que David la capturó y la hizo la capital, fue extendida hacia el noroeste, y finalmente abarcó también el valle del Tiropeón. Con el tiempo el valle de Hinón llegó a conocerse con el nombre Gehena. Porque los judíos hicieron sacrificios idolátricos allí, aquel valle fue declarado inmundo y fue convertido en un vertedero donde además de basura se echaban los cadáveres de criminales detestables. (2 Rey. 23:10; Jer. 7:31-33.) Por eso sus fuegos se convirtieron en símbolo de aniquilación total. (Mat. 10:28; Mar. 9:47, 48) Jerusalén contaba solo con un abastecimiento de agua limitado del estanque de Siloam, al oeste del valle del Cedrón, y Ezequías lo protegió construyendo un muro exterior para encerrarlo dentro de la ciudad. (Isa. 22:11; 2 Cró. 32:2-5.)

C-6 DESIERTO DE JUDÁ (JESIMÓN)

Jesimón es el nombre bíblico para el desierto de Judá. Significa “Desierto”. (1 Sam. 23:19, nota) ¡Cuán descriptivo y apropiado es este nombre! El desierto consta de las escarpadas laderas orientales de formaciones yermas de creta de las colinas de Judea, que descienden más de 900 metros (3.000 pies) en 24 kilómetros (15 millas) al acercarse al mar Muerto, donde hay un muro de riscos dentados. No hay ciudades, sino pocos poblados en Jesimón. Fue a este desierto de Judá adonde huyó David cuando lo persiguió el rey Saúl, fue entre este desierto y el Jordán donde predicó Juan el Bautizante, y fue a esta región a la que Jesús se retiró cuando ayunó por 40 días. (1 Sam. 23:14; Mat. 3:1; Luc. 4:1.)

C-7 NÉGUEB

 Al sur de las colinas de Judá está el Négueb, donde moraron por muchos años los patriarcas Abrahán e Isaac. (Gén. 13:1-3; 24:62.) La Biblia también llama “el desierto de Zin” a la parte sur de esta zona. (Jos. 15:1.) El semiárido Négueb se extiende desde el distrito de Beer-seba al norte hasta Qadés-barnea al sur. (Gén. 21:31; Núm. 13:1-3, 26; 32:8.) La tierra desciende desde las colinas de Judá en una serie de cordilleras que se extienden al este y al oeste, de manera que presentan una barrera natural contra el tráfico o una invasión desde el sur. La tierra va bajando desde las colinas en la parte este del Négueb hasta una llanura desértica en el oeste, a lo largo del litoral. En el verano la tierra está tan árida como el desierto, salvo cerca de algunos de los valles torrenciales. No obstante, puede obtenerse agua por la excavación de pozos. (Gén. 21:30, 31.) El moderno Estado de Israel está irrigando y desarrollando partes del Négueb. “El río de Egipto” marcaba el límite del sudoeste del Négueb, además de ser parte del límite sur de la Tierra Prometida. (Gén. 15:18.)

C-8 DESIERTO DE PARÁN

 Al sur del Négueb y junto al desierto de Zin está el desierto de Parán. Al salir de Sinaí, los israelitas cruzaron este desierto en camino a la Tierra Prometida, y desde Parán envió Moisés a los 12 espías. (Núm. 12:16–13:3.)

D. EL GRAN ARABÁ (EL VALLE DE LA GRIETA)

 Una de las formaciones geológicas más raras de este planeta es el gran valle de la Grieta. En la Biblia se llama “el Arabá” a la parte que atraviesa la Tierra Prometida de norte a sur. (Jos. 18:18.) En 2 Samuel 2:29 a esta hendidura en la corteza terrestre se la llama una barranca. Al norte de ella está el monte Hermón. (Jos. 12:1.) Desde el pie del Hermón el valle de la Grieta desciende rápidamente hacia el sur hasta aproximadamente 800 metros (2.600 pies) bajo el nivel del mar en el fondo del mar Muerto. El Arabá continúa desde el extremo sur del mar Muerto y se eleva a más de 200 metros (650 pies) sobre el nivel del mar casi a medio camino entre el mar Muerto y el golfo de Aqaba. Después desciende rápidamente a las tibias aguas del brazo oriental del mar Rojo. Los mapas acompañantes de las diversas secciones del país muestran la relación que hay entre el valle de la Grieta y la tierra circundante.

D-1 CUENCA HULEH

 Desde el pie del monte Hermón el valle de la Grieta baja rápidamente más de 490 metros (1.600 pies) hasta la región de Huleh, que está aproximadamente al nivel del mar. Este distrito está bien regado y permanece hermosamente verde aun durante los calurosos meses del verano. Fue en esta zona donde los danitas establecieron su ciudad de Dan, que fue centro de adoración idolátrica desde el tiempo de los jueces hasta dentro del tiempo del reino de diez tribus de Israel. (Jue. 18:29-31; 2 Rey. 10:29.) En Cesarea de Filipo, un poblado cerca de donde se hallaba la antigua Dan, Jesús confirmó a sus discípulos que él era el Cristo, y muchos creen que fue en el cercano monte Hermón donde aconteció la transfiguración seis días después. Desde Huleh el valle de la Grieta desciende al mar de Galilea, que está a unos 210 metros (700 pies) bajo el nivel del mar. (Mat. 16:13-20; 17:1-9.)

D-2 REGIÓN ALREDEDOR DEL MAR DE GALILEA

 El mar de Galilea y sus alrededores son deleitables. Despiertan interés en esa región los muchos sucesos del ministerio de Jesús que tuvieron lugar allí. (Mat. 4:23.) A este mar también se le llama el lago de Genesaret, o Kinéret, y el mar de Tiberíades. (Luc. 5:1; Jos. 13:27; Juan 21:1.) En realidad es un lago en forma de corazón, de casi 21 kilómetros (13 millas) de largo y unos 11 kilómetros (7 millas) de ancho en su mayor anchura, y constituye un importante embalse de agua para todo el país. Está casi totalmente bordeado por colinas. La superficie del lago está a unos 210 metros (700 pies) bajo el nivel del mar, lo cual tiene como resultado inviernos agradables, cálidos, y veranos muy largos y calurosos. En los días de Jesús, era el centro de una industria pesquera muy desarrollada, y las ciudades florecientes de Corazín, Betsaida, Capernaum y Tiberíades estaban a orillas del lago o cerca. La quietud del lago puede ser súbitamente perturbada por tormentas. (Luc. 8:23.) La pequeña llanura de Genesaret, de forma triangular, está al noroeste del lago. El suelo es fértil y produce casi toda clase de cultivo conocido en la Tierra Prometida. En la primavera las laderas de vistosos colores resplandecen con un brillo que no tiene igual en ninguna otra parte de la tierra de Israel.

D-3 DISTRITO DEL VALLE DEL JORDÁN (EL GHOR)

 A todo este valle que desciende en forma de hondonada también se le llama “el Arabá”. (Deu. 3:17.) Hoy los árabes lo llaman El Ghor, que significa “Depresión”. El valle empieza en el mar de Galilea y generalmente es ancho... de unos 19 kilómetros (12 millas) de ancho en algunos lugares. El río Jordán mismo está a unos 46 metros (150 pies) más abajo de la llanura-valle, volteando y serpenteando en un recorrido de 320 kilómetros (200 millas) para abarcar los 105 kilómetros (65 millas) hasta el mar Muerto. Después de saltar 27 rápidos que caen en cascada, ha bajado unos 180 metros (590 pies) para cuando llega al mar Muerto. El bajo Jordán está bordeado por una espesura de árboles y arbustos, principalmente tamariscos, adelfas y sauces, entre los cuales vagaban leones con sus cachorros en tiempos bíblicos. Hoy esto se conoce como el Zor y se inunda parcialmente en la primavera. (Jer. 49:19.) Por encima de cada lado de esta angosta franja selvática está el Qattara, un borde inhóspito de tierra desolada donde hay pequeñas altiplanicies y laderas partidas que conducen a las llanuras del Ghor mismo. Las llanuras en la parte norte del Ghor o Arabá están bien cultivadas. Aun en la parte sur, hacia el mar Muerto, de la altiplanicie del Arabá, que hoy día es muy árida, se dice que en otro tiempo producía numerosas clases de dátiles y muchos otros frutos tropicales. Jericó fue y sigue siendo la ciudad más famosa del valle del Jordán. (Jos. 6:2, 20; Mar. 10:46.)

D-4 EL MAR SALADO (MUERTO)

 Este es uno de los más notables cuerpos de agua en la faz de la Tierra. Bien se dice que es un mar muerto, porque en él no vive ningún pez, y hay poca vegetación en la orilla. La Biblia lo llama el mar Salado, o el mar del Arabá, puesto que está situado en el valle de la grieta del Arabá. (Gén. 14:3; Jos. 12:3.) Este mar mide unos 75 kilómetros (47 millas) de norte a sur, y 15 kilómetros (9 millas) de ancho. Su superficie está como a 400 metros (1.300 pies) bajo el nivel del mar Mediterráneo, lo cual lo hace el lugar más bajo de la Tierra. En el norte tiene una profundidad de unos 400 metros (1.300 pies). En cada lado el mar está encerrado por colinas yermas y riscos empinados. Aunque el río Jordán introduce en él agua dulce, el agua no tiene salida salvo por la evaporación, la cual es tan rápida como la introducción del agua. El agua encerrada contiene alrededor de 25% de materia sólida disuelta, mayormente sal, y es venenosa para los peces y dolorosa para los ojos humanos. La impresión que a menudo reciben los que visitan la mayor parte de la zona alrededor del mar Muerto es de desolación y destrucción. Es un lugar de muertos. Aunque la entera región fue en otro tiempo “una región bien regada [...] como el jardín de Jehová”, la zona alrededor del mar Muerto ahora es principalmente “un yermo desolado” y ha estado en tal condición por casi 4.000 años, como testimonio impresionante de la inmutabilidad de los juicios de Jehová que se ejecutaron allí contra Sodoma y Gomorra. (Gén. 13:10; 19:27-29; Sof. 2:9.)

D-5 ARABÁ (HACIA EL SUR DESDE EL MAR SALADO)

 Esta sección final del valle de la Grieta se extiende hacia el sur por otros 160 kilómetros (100 millas). Casi toda esta región es desértica. Es raro que llueva, y el sol castiga sin misericordia. La Biblia también llama a esta “el Arabá”. (Deu. 2:8.) Como a medio camino alcanza su punto más elevado con más de 200 metros (650 pies) sobre el nivel del mar, y entonces desciende de nuevo hacia el sur hasta el golfo de Aqaba, el brazo oriental del mar Rojo. Fue aquí, en el puerto de Ezión-guéber, donde Salomón construyó una flota de naves. (1 Rey. 9:26.) Durante gran parte del período de los reyes de Judá, el reino de Edom dominó esta porción del Arabá.

E. MONTAÑAS Y MESETAS AL ESTE DEL JORDÁN

 El “lado del Jordán hacia el oriente” se eleva rápidamente desde el valle de la Grieta y forma una serie de mesetas. (Jos. 18:7; 13:9-12; 20:8.) Al norte está la tierra de Basán (E-1), que, junto con la mitad de Galaad, fue dada a la tribu de Manasés. (Jos. 13:29-31.) Era zona ganadera, una tierra para agricultores, una fértil altiplanicie a unos 600 metros (2.000 pies) como promedio sobre el nivel del mar. (Sal. 22:12; Eze. 39:18; Isa. 2:13; Zac. 11:2.) En el tiempo de Jesús esta zona exportaba muchos granos, y hoy día es productiva en sentido agrícola. Enseguida, al sur, está la tierra de Galaad (E-2), cuya mitad baja fue asignada a la tribu de Gad. (Jos. 13:24, 25.) Además de ser una región montañosa que alcanza 1.000 metros (3.300 pies) de altura, regada por buenas lluvias en el invierno y copiosos rocíos en el verano, también era una buena zona ganadera y era especialmente célebre por su bálsamo. Hoy es famosa por sus uvas selectas. (Núm. 32:1; Gén. 37:25; Jer. 46:11.) Fue a la tierra de Galaad adonde David huyó de Absalón, y en la parte oeste Jesús predicó en “las regiones de Decápolis”. (2 Sam. 17:26-29; Mar. 7:31.)

 “La tierra de los hijos de Ammón” (E-3) está inmediatamente al sur de Galaad, y la mitad de esta fue dada a la tribu de Gad. (Jos. 13:24, 25; Jue. 11:12-28.) Es una meseta ondulada, que sirve mejor para apacentar ovejas. (Eze. 25:5.) Más al sur está “la tierra de Moab”. (Deu. 1:5) Los moabitas mismos eran grandes pastores de ovejas, y hasta hoy la crianza de ovejas es la ocupación principal de la zona. (2 Rey. 3:4.) Luego, al sudeste del mar Muerto, llegamos a la altiplanicie montañosa de Edom (E-4). Las ruinas de sus grandes fortalezas comerciales, como Petra, permanecen hasta hoy. (Gén. 36:19-21; Abd. 1-4.)

 Al este de estas colinas y mesetas está el extenso desierto rocoso que servía de eficaz impedimento al viaje directo entre la Tierra Prometida y Mesopotamia, por lo cual las rutas de las caravanas se desviaban muchos kilómetros hacia el norte. Hacia el sur este desierto se encuentra con las dunas del gran desierto de Arabia.

F. MONTAÑAS DEL LÍBANO

 Las montañas del Líbano dominan el panorama de la Tierra Prometida. Realmente son dos cordilleras que corren paralelas. Las estribaciones de la cordillera del Líbano propiamente dicha siguen hasta la Alta Galilea. En muchos lugares las estribaciones llegan justamente hasta el litoral. El pico más elevado de esta cordillera mide unos 3.000 metros (10.000 pies) sobre el nivel del mar. El pico más elevado de la cordillera adyacente del Antilíbano es el hermoso monte Hermón, que se eleva 2.814 metros (9.232 pies) sobre el nivel del mar. Su nieve derretida constituye una importante fuente de agua para el río Jordán y una fuente de rocío durante la temporada seca en la primavera avanzada. (Sal. 133:3.) Las montañas del Líbano eran especialmente famosas por sus cedros gigantescos, cuya madera figuró en la construcción del templo de Salomón. (1 Rey. 5:6-10.) Aunque solo quedan unos cuantos bosquecillos de cedros hoy, las laderas inferiores todavía sustentan viñas, olivares y huertos, como lo hacían en tiempos bíblicos. (Ose. 14:5-7.)

 Al concluir así nuestra visita a la Tierra de Promisión de Jehová, localizada como está entre el desierto inhóspito hacia el este y el mar Grande, podemos formarnos un cuadro mental de la gloria que la revistió antes, en los días de Israel. En realidad era ‘una tierra muy, muy buena que manaba leche y miel’. (Núm. 14:7, 8; 13:23.) Moisés habló así de ella: “Jehová tu Dios va a introducirte en una buena tierra, tierra de valles torrenciales de agua, manantiales y profundidades acuosas que brotan en la llanura-valle y en la región montañosa, tierra de trigo y cebada y vides e higos y granadas, tierra de olivas de aceite y miel, tierra en la cual no comerás pan con escasez, en la cual no te faltará nada, tierra cuyas piedras son hierro y de cuyas montañas extraerás cobre. Cuando hayas comido y te hayas satisfecho, entonces tienes que bendecir a Jehová tu Dios por la buena tierra que te ha dado”. (Deu. 8:7-10.) Que todos los que ahora aman a Jehová den igualmente gracias por lo que Dios se propone: hacer de toda la Tierra un paraíso glorioso, según el modelo de su antigua Tierra Prometida. (Sal. 104:10-24.)

  

* Datos tomados del libro Toda Escritura, Publicado por la Watchtower Bible and Tract Society of Pennsylvania.

 


 
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